Me llamo Luisa. Llego a este blog porque nuestra empresa trabaja para Eurolloyd. Nací en Galicia hace 35 años. He venido aquí con algunos objetivos: contar por qué mi familia recela de las motos y tratar de responder algunas preguntas: ¿Es posible volver disfrutar de un paseo en moto tras sufrir un accidente? ¿Es tan duro como imaginamos combatir nuestros miedos?

El inicio de la historia

Triumph Bonneville

Modelo de moto Triumph Bonneville. La imagen es de Ronald Saunders. Enlace a la licencia: http://goo.gl/OOAQfn

Mi ciudad, Pontevedra, apuraba aquellos días la década de los 70. En una jornada de verano, a mi tío le prestaron una Triumph Bonneville para dar una vuelta. Llevaba a un íntimo amigo de paquete. En pleno centro urbano, de noche, un turismo no respetó una señal: el conductor obvió un ceda el paso. El impacto fue brutal: mi tío voló más de 20 metros hasta que su cuerpo impactó contra el asfalto. Ingresó con 4 de tensión en el servicio de urgencias, doble fractura de cráneo y los huesos de las piernas hechos pedacitos. Entró en el hospital debatiéndose entre la vida y la muerte, más o menos como su amigo, y en ese estado pasó una buena temporada. Ninguno de ellos llevaba casco. Los médicos no daban un duro por sus vidas. A mis abuelos y a mi madre –su hermana- le decían una única frase: “es joven”.

Pudo contarlo. Él y su amigo sobrevivieron sin secuelas. Tras ese verano setentero, mi familia crucificó para siempre las motocicletas como medio de transporte. Especialmente mi tío, que a consecuencia del suceso sufrió una suerte de amnesia: por no recordar no recuerda, siquiera, el momento en el que arrancó la moto. No conserva en su memoria la imagen de su amigo subiéndose a la Triumph y tampoco, claro está, almacena datos sobre su estancia en el hospital. Tras el brutal golpe hizo suya una frase: “Preciosa moto para que la conduzca otro”. Nunca jamás volvió a utilizar un vehículo que no fuese un coche. Y no supo que yo tenía un ciclomotor hasta que le tocó saberlo. Ocultárselo se me hacía más que difícil, sobre todo porque era mi profesor de guitarra y, si al acabar la clase me mandaba llevar algo a mi madre, tenía que decirle que no: la guitarra, su funda-mochila protectora y yo ya éramos bastante para mi pequeña Zip, como para incorporar al viaje bolsas de plástico con periódicos, libros, discos y revistas.

La consecuencia de la historia: aquí no entran motos… hasta que entraron

Durante mi juventud, hablar de ciclomotores y motos en mi casa se convirtió en provocar: mentar un vehículo de dos ruedas llevaba a mi madre a perder el control de sus nervios. A mí me gustaban los scooters, pero ella no cedía a mis presiones.  En 2001, recién licenciada, encontré ocupación en una empresa con oficinas en Pontevedra. Vivo a seis kilómetros de la ciudad y, con un salario de becaria, resultaba imposible hacerme con un turismo. Así que expuse en mi casa la necesidad de hacerme con un ciclomotor para ir a trabajar. Elegí una Piaggio (Zip) de color amarillo que se adaptaba perfectamente a mis necesidades. Mi madre metió su corazón en un puño y transigió.

Mi accidente

Estrené mi ciclomotor un día de octubre. Habituada a conducir el Peugeot de mi madre y a esperar para entrar en la ciudad, buscar aparcamiento e invertir minutos y minutos en cubrir un trayecto pequeño, descubrí un nuevo aliado. Ni siquiera el invierno, su frío y su lluvia, conseguían restar valor a la sensación de libertad que me ofrecía mi Piaggio. Aquello era un lujazo y -lo mejor de todo- no demasiado caro.

Hicimos juntas, la Piaggio y yo, muchos kilómetros en aquellos meses. Cambié de casco para sentirme más protegida y circulé feliz. Hasta que llegó la primavera y, un miércoles cualquiera, después de comer, salí de mi casa para ir a trabajar. A mitad de camino, algo se torció sin que yo tuviese tiempo para reaccionar: sólo tuve margen para pensar que las cosas no iban bien cuando vi a aquel turismo tan cerca de mí. Acto seguido me dije a mí misma “allá vas”. Y fui, claro que fui. “Fun polo aire, fun polo vento”, diríamos los gallegos.

Ni el otro vehículo ni yo circulábamos rápido antes de impactar, pero el vuelo de varios metros estaba asegurado. Colisionamos y mi cuerpo fue a parar al asfalto, concretamente al carril contrario, por el que por suerte no circulaba ni un automóvil. Tras el impacto, me levanté para vivir el peor momento de esta historia: la intensidad del golpe bloqueó algo en mi cuerpo y me resultaba imposible respirar. O, más exactamente, me sentía incapaz de hacer que el aire llegase a mis pulmones. Si alguna vez has experimentado esa sensación, sabrás la angustia que genera. Así que decidí dejarme caer de nuevo al asfalto, en plena carretera. “Veremos”, me dije. La típica expresión gallega a la que recurría mi padre en momentos de broma. Aquello tenía poco de chiste, pero mejor pensar un “veremos” que un “adiós a todos”.

Hay en mi memoria una pequeña laguna… no sé si de minutos o de segundos. En el siguiente fotograma que recuerdo, estoy rodeada de gente. Alguien dice que deberían sacarme el casco. Muevo como puedo brazos y piernas para decirles que no, que el casco está muy bien donde está. La ambulancia llega pronto. El equipo médico me inmoviliza el cuello y me pregunta qué siento. Respondo que me duelen la pierna derecha y el brazo izquierdo. El enfermero sonríe y asevera: “todo saldrá bien”. Raja mis vaqueros remendados, que me encantan, y me molesto por ello. “Si soy capaz de crisparme por tal tontería, no ha de ser grave la cosa”, me digo instantes después… Y si además puedo percibir que el sanitario es un tipo atractivo, es que de ésta no me voy a otro barrio.

Y de pronto… de pronto aparece mi madre. Mi madre, que salió en coche 10 minutos más tarde que yo para hacer el mismo trayecto de camino a la ciudad. Mi madre, que se ha encontrado con una Piaggio que le resulta familiar empotrada contra muro, que ve las luces de una ambulancia, un tumulto y a una persona herida que está siendo asistida. Cuando llega a mí –no sé cómo lo logra sin desmayarse- le digo que estoy bien y (creo recordar), le explico: “mamá, creo que él tiene un Stop”. Se me caen algunas lágrimas, repito que hay algo que no me cuadra, que creo que no he hecho nada malo. En dos segundos, me he ganado dos fracturas en un pie y un esguince en el brazo. Durante dos meses, mi pierna está inmovilizada. Mi baja laboral se prolonga un trimestre. Y, con todo, sé que he tenido suerte: ¿Qué habría sido de mí con coches circulando en el carril al que fui a parar y en el que me dejé caer al no poder respirar?

No volví a usar mi Piaggio. Una vez reparada, la puse en venta. Heredé de aquel accidente un pánico extraño: miedo a las dos ruedas, sí, pero temor indescriptible a volver a impactar contra el asfalto. Dejé incluso de fiarme de las bicicletas, íntimamente ligadas a mi infancia y juventud. Para ser exacta: de las bicicletas sí me fío, pero no tanto de los otros usarios de las vías públicas.

Con todos estos recuerdos en mi cabeza, justo antes de que pasen 15 años del siniestro, me planteé ponerme a prueba y pensé en tratar de dar un paseo en moto. ¿Podemos hacer frente al miedo? Lo comenté con un amigo motorista que –valiente- puso su vehículo a mi disposición: una motocicleta de 125. También me prestó su casco y… con sus nervios, la verdad, no sé qué hizo.

El reto: hacer frente al miedo

Me subo a la moto con intención de circular por pistas rurales asfaltadas, alejadas del tránsito intenso de carreteras y urbes. En unos segundos percibo que el conjunto –la moto y mi cuerpo- es demasiado inestable. Creo que he trasladado mi miedo a toda la mecánica del vehículo. Trato de relajarme, me digo que aquí no van a venir coches que se salten los stops y lo consigo. A lo sumo me saldrá una cabra, pero también me puede caer un ladrillo en la cabeza mientras camino por cualquier acera. Así que sigo avanzando. Alcanzo una velocidad punta de 20 kilómetros por hora, un auténtico dislate. Esta pendiente parece no tener fin, como mínimo me voy a plantar de golpe en Finisterre y alguien se va a preocupar: decido desviarme por un ramal y llego a una carretera nacional.

De esa carretera nacional paso –a través de una vía secundaria- a una comarcal: la PO-531. No me percato hasta que llego a ella: la carretera que une Pontevedra con Vilagarcía de Arousa es una de las que más tráfico soporta en nuestra zona, una de las que registran más accidentes, una por la que transitan camiones y turismos conducidos por todo tipo de conductores, algunos de los cuales conducen demasiado rápido… tenía que haberlo pensado antes de estar en plena isleta, pero no hay vuelta atrás: no tengo muchas más fórmulas para regresar a mi destino y quiero rodar por parte de la ciudad para cubrir con éxito mi prueba de fuego.

La proximidad del asfalto sigue imponiéndome, así que centro mi vista en el frente y en los retrovisores. Es en ese instante cuando me doy cuenta de que sólo llevo mi móvil encima: con los nervios he olvidado la cartera en la mochila. Estoy segura de que si me para la Guardia Civil rompo a llorar por la tensión acumulada. Como me conozco, me imagino ante los agentes, contándoles toda esta película y diciéndoles “múltenme, lo asumo porque voy indocumentada y merezco la sanción”. Por suerte, no se da el caso.

Pronto llegaré a las glorietas en las que me acercaré todavía más al pavimento, se cruzarán coches y transportistas que tienen prisa por llegar a su destino. A mí me basta con llegar entera al mío, sin que la moto de mi amigo sufra daños y sin probar de nuevo cuán duro es el asfalto. Los badenes son incómodos para los motoristas –lo desconocía- pero más incómodos son cuando una ambulancia te lleva al hospital (eso sí lo sé), porque años después, sin motos de por medio, me tocó hacer otro viajecito a bordo del 061, el servicio de emergencias sanitarias en Galicia.

A punto de llegar a una de las glorietas con más tráfico de Pontevedra, percibo que ya estoy disfrutando de la motocicleta. Es hora punta, los coches esperan y yo, sin riesgos porque no soy temeraria, avanzo con gran libertad. Me quedan cinco minutos de trayecto: es diciembre y, a buenas horas me percato de que un forro polar no es suficiente para protegerme del frío. Pero, tras el pavor inicial, estoy contenta.

perder miedo moto

Objetivo conseguido: he disfrutado de un paseo en moto. Un miedo menos.

No escribiré yo ahora, así de golpe, que voy a vender mi coche para comprarme una moto: la tranquilidad de mi madre y de mi tío me importan y tampoco lo he pensado. Pero sí firmo, sí, que entiendo vuestra pasión por las dos ruedas. Hay una sensación de libertad en las motos que no ofrecen los coches. Con el reto cumplido, he de escribir que los miedos sirven sólo para algo: para ser vencidos.

¡Ráfagas!