Los que sabemos lo que es ir en moto, los peligros que entraña y, además, tenemos hijos, nos encontramos antes o después con que un día se levantan y te hacen la terrible pregunta, Papa, ¿me enseñas a llevar una moto?

No creo que nadie esté preparado para un momento así. Primero porque de repente te das cuenta de que se hacen mayores y segundo porque pese a tu miedo natural a que se puedan hacer daño, como le vas a decir que no si llevan toda su vida viéndote montado en una.

Tengo que reconocer que mi primera reacción fue salir por la tangente y hacerme el loco. Si cariño, déjame unos días para ver como hacerlo.

¡Ver como hacerlo!, ni te lo planteas, pero lo cierto es que tras esa pregunta se abre en tu cerebro un esquizofrénico debate entre tus miedos y la lógica natural de ser consecuente con tus actos y aficiones.

Podríamos escribir un libro con todo lo que se me paso por la cabeza, desde negarme en rotundo, hasta pensar en un ¡que sea lo que Dios quiera! y tirarme a la piscina.

Exactamente 2 días después, te repiten la pregunta, y a los 2 días otra vez. Te acorralan contra la pared, te hacen ojitos y ponen caras angelicales, y es ahí cuando te das cuenta de que no te lo piden de forma gratuita sino que realmente les hace ilusión.

Y ese es el argumento definitivo así que empaquetas tus miedos y te pones a ello.

Pero no es tan fácil

Primero te pones a buscar la moto y te das cuenta de la escasez de motos infantiles que hay en el mercado. O son demasiado y ridículamente pequeñas, o ya pasas al ciclomotor de quinceañero.

Finalmente y tras muchas horas navegando en Internet dimos con una Honda CRF 70. Bajita, ruedas de tacos, con 3 marchas y el embrague incorporado en la palanca de cambio. Perfecta para una niña de 11 años no demasiado alta.

Segundo, el equipamiento. Y si lo de la moto ya fue difícil, es aquí donde empieza el verdadero infierno.

La búsqueda del imprescindible casco se convierte en un autentico insulto a tu inteligencia que va, desde vendedores que te proponen que le pongas al niño un casco de montar a caballo, que de esos hay de todas las tallas imaginables, hasta el que sin ningún pudor te enseña una especie de churro plasticoso con un atractivo diseño de Pokemon y marca innombrable que se deshace según lo estas mirando.

Por suerte das con un amigo que ya ha pasado por ese traumático trance y después de contarte su experiencia con pocas ganas de recordarla y risitas nerviosas, te pone al día de que hay cascos de trial de marcas reconocidas perfectos para lo que necesita mi hija.

Ese mismo amigo te cuenta que hay un inglés que monta un chiringuito de ropa a buen precio y que tiene tallas para niños y, entre sollozos recordando su experiencia, te dice que no te molestes en ir a las tiendas de toda la vida que no tienen nada que merezca la pena.

Encontrado el famoso inglés de mercadillo me hice con unos pantalones y cazadora de cordura que sin ser para tirar cohetes cumplían dignamente su función y, para mi sorpresa, no fueron especialmente caros.

De las botas no digo nada porque le puse las de andar por el campo. Ya las tenía y cumplían el objetivo de protegerle el pie y los tobillos.

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Y llego el gran día. Un trozo de campo llano y despejado, risitas nerviosas y alegres de la niña y los consejos de rigor.

Mira que esto no es como la bici, que te puedes hacer mucho daño, estos son los frenos, esto el acelerador …. Metes primera, miras siempre para delante y aceleras muy despacio….

Cuando te quieres dar cuenta, la niña ha pegado un acelerón, se asusta, acelera más y finalmente lo inevitable, se cae.

Llantos, el amor propio y el culo doloridos y ¡una negativa rotunda a seguir probando!

Y en ese momento te acuerdas de todo lo que has tenido que hacer para que tu hija aprenda a montar en moto y surge la bestia. Pones cara de ir a comértela y le dices que por tus coj… ella va a volver a montar.

Y lo hace, con lagrimas en los ojos pero lo hace. Y poco a poco recobra la calma y a los 10 minutos está disfrutando como una loca pero sin bajar la guardia bajo la atenta mirada de un padre preocupado.

Ahora ya sabe que una moto no es un juguete, la respeta y comprende sus peligros.

Gracias a ese susto puede que consiga de ella que sea una buena conductora.

Los niños nos ven ir y venir en moto, hablar de ellas y nuestras experiencias, se sientan con nosotros a ver las carreras, pero el día menos pensado deciden que ellos también quieren aprender a llevarlas, y no estamos preparados para ese momento. Suerte.